Una tragedia evitada por centímetros: el misterioso sabotaje a un trabajador de Montecarlo
Un hecho de extrema gravedad ocurrió en la madrugada del sábado, cuando un trabajador de Montecarlo que presta servicios de grúa sufrió la rotura total de una llanta mientras regresaba de un viaje laboral desde Bernardo de Irigoyen hacia su ciudad.
El episodio tuvo lugar cerca de las 9 de la mañana, en la bajada del peligroso «Cerro 60», sobre la ruta provincial 17, entre Pozo Azul y Santiago de Liniers. Según el testimonio del conductor, durante el trayecto comenzó a sentir una fuerte oscilación en el volante que se fue intensificando hasta obligarlo a detener la marcha.
Al descender del vehículo, creyendo que se trataba de una goma soplada, descubrió que la llanta derecha estaba partida y que las tuercas se encontraban casi completamente aflojadas. A esto se sumó otro dato inquietante: el auxilio también estaba desinflado, lo que imposibilitaba un reemplazo inmediato.
Un vecino del lugar, alertado por el ruido, se acercó a ayudar y se ofreció a trasladar la rueda hasta la localidad de 9 de Julio para inflarla, gesto que el conductor destacó como decisivo para evitar una tragedia.
El damnificado sostuvo que el vehículo había sido revisado antes del viaje y se encontraba en buenas condiciones.
Hasta el momento, no se realizó una denuncia formal, aunque las imágenes del daño muestran con claridad la magnitud del hecho.
La vida ganó por centímetros
Hay noches que no dejan dormir. No por el ruido de la ruta, sino por el silencio que queda después.
Porque cuesta creer que haya manos capaces de soltar una tuerca sabiendo que del otro lado viaja una vida, una familia, una historia.
Porque detrás de cada volante hay alguien que vuelve a casa pensando en los suyos, en los hijos que esperan, en la mesa que se arma con el trabajo de cada día.
No hablamos de una travesura ni de una disputa menor: hablamos de un acto que pudo haber terminado en tragedia. De alguien que, sin medir las consecuencias, eligió la violencia como mensaje.
En los pueblos chicos, donde todos se conocen, los gestos pesan más. Y también los silencios. Hay algo profundamente inquietante en esa línea invisible que separa la envidia del odio, la rivalidad del daño.
Ayer, por segundos, no hubo una tragedia que hoy estaríamos lamentando. Pero el solo hecho de que pudo haberla debería alcanzarnos para reaccionar.
Porque cuando la maldad se disfraza de accidente y la justicia se posterga, el miedo se instala, y el respeto por la vida se erosiona poco a poco.
No hay que esperar que la justicia divina actúe sola. La conciencia colectiva también tiene su parte: la de no mirar hacia otro lado, la de no dejar que lo “pequeño” se naturalice.
Ayer, en una curva cualquiera de la ruta 17, la vida ganó por centímetros.
Y eso, en una comunidad que se precia de ser solidaria, debería doler más que cualquier rueda rota.





