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OPERADORES DEL PODER

OPERADORES DEL PODER

CUANDO EL PERIODISMO PIERDE SU RUMBO

Por Pepe Levy

Quienes hacemos comunicación social desde hace décadas llegamos a esta etapa de la vida con una mochila llena de preguntas. Nos reunimos colegas, conversamos sobre nuestras trayectorias, sobre aciertos y errores, y muchas veces nos cuestionamos por qué a algunos les fue tan bien económicamente mientras otros seguimos remando cada día para sostener nuestros medios. Y en esas charlas sinceras aparece la duda: ¿será que no tuvimos la capacidad para hacer negocios? ¿O será que nuestra conciencia no nos lo permitió?

Porque en esta provincia hay comunicadores y periodistas —algunos con título, otros no— que están forrados de dinero. Y no me refiero a quienes trabajaron honradamente, sino a aquellos que descubrieron que la información puede ser moneda de cambio, que la pauta publicitaria oficial es un negocio jugoso y que alinear la profesión con los intereses del poder deja dividendos muy generosos.

Para mí, lo más hermoso de este oficio es poder entrevistar a quien creemos conveniente, preguntar lo que consideramos necesario, emitir una opinión con la posibilidad de equivocarnos. Pero muchos han dejado eso de lado. Dejaron de ser periodistas para transformarse en empresarios. Y no hay nada de malo en ser empresario, claro está. Lo preocupante es cuando se convierten en operadores políticos.

Esta mañana leía un titular de un medio con buena relación con el gobierno provincial, y alguien le respondía: «es muy domingo para estar operando«. Y entonces recordé una charla del sábado, donde analizábamos cómo muchos de estos comunicadores millonarios construyeron su fortuna con la plata de todos, con los generosos dividendos de la pauta oficial. Y lo hicieron a costa de desvirtuar el oficio, de transformarse en voceros del poder.

El operador político no es una figura nueva. Siempre existió. Lo novedoso es que ahora muchos periodistas y conductores de medios asumieron ese rol. Se reúnen con funcionarios, reciben instrucciones, y desde sus programas, diarios o portales digitales publican información errónea, cuando no directamente inventada. Operan a favor del gobierno sin importarles desinformar, confundir, mentir. Recordemos las elecciones del año pasado, cuando aparecieron encuestadoras fantasma que publicaban números truchos para embarrar la cancha y favorecer a sus patrones.

La frase «miente, miente, miente, que algo quedará» parece ser el manual de estilo de estos nuevos operadores. Como hacen los gobiernos, como hace este gobierno nacional y tantos otros. Pero duele más cuando ocurre en nuestra chacrita, en nuestra querida provincia, donde el gobierno invierte fortunas en medios y periodistas que han perdido toda vergüenza profesional.

Ya casi no entrevistan: operan. Les dicen lo que tienen que escribir, lo que tienen que decir, y en base a eso construyen su estrategia. Han desvirtuado la tarea comunicacional, esa tarea tan linda y tan sana que debería buscar el debate, la reflexión, la información veraz.

El otro día alguien me decía que hablaba con uno de estos operadores y, al mencionar mis críticas, respondió: «¿Quién es Levy? Un pobre pelagato«. Y sí, seré un pobre pelagato, pero digno. Trabajo con honestidad, emito mi opinión con la certeza de que puedo equivocarme, pero sin recibir órdenes de nadie. Salgo a la calle y puedo mirar a todos a la cara. Eso, lamentablemente, no lo pueden hacer muchos.

Nuestra provincia, especialmente la capital, está llena de operadores disfrazados de periodistas. Han dejado de lado lo que estudiaron, olvidaron cómo preguntar, cómo analizar, cómo generar debates. Se transformaron en empleados del poder. Ellos ganan, reciben sus propinas. Pero pierde la sociedad, pierde la comunidad, pierde el periodismo.

Ojalá reflexionen. Ojalá entiendan que con su actitud nos meten a todos en la misma bolsa, y después cuesta que la gente diferencie. No todos somos operadores. Muchos trabajamos con honestidad, dando los espacios necesarios, emitiendo opinión aunque sea equivocada, pero convencidos y libres.


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