«Un 93% de capacidad y mucha gratitud»
«Cepi» Berger, la pasión por la carpintería y el enorme cariño de una comunidad que lo sostuvo
En el Día del Carpintero, una fecha que invita a reconocer a quienes convierten la madera en arte y funcionalidad, recibimos en los estudios de Radio El Pueblo a «Cepi» Berger, un hombre cuyo nombre está ligado a este oficio desde hace décadas, pero también a la música, a la familia y, sobre todo, a una historia de superación que merece ser contada.
En una charla emotiva y llena de recuerdos, Cepi repasó sus inicios en la carpintería, los maestros que marcaron su camino, las satisfacciones del trabajo bien hecho y, en un giro inesperado, agradeció a toda una comunidad que lo acompañó en el momento más difícil de su vida: una operación a corazón abierto que lo tuvo al borde, pero de la que salió fortalecido gracias al cariño y la solidaridad de Montecarlo.
Los inicios: de la chacra al taller, con 14 años
«Mi papá era carpintero de obra, de esos que usaban serruchos«, recordó Cepi. «Yo usaba sus herramientas y no siempre las volvía a dejar en su lugar. Así empezó la cosa«. Pero el verdadero debut llegó a los 14 años, cuando estudiaba en la Agrotécnica de Eldorado y las carencias económicas hacían difícil continuar.
«Un día apareció el carpintero Fleming y le dijo a papá que necesitaba un muchacho. Justo no estaba mamá, brillaron mis ojos y dije: ‘adentro'».
La anécdota del primer día es imperdible:
«Me dice: ‘¿Has andado con el sargento un poco?’. Salí corriendo a la calle a ver si me iban a buscar de la comisaría. No sabía que el sargento era una prensa. Ahí aprendí que los nombres de las herramientas no son los que uno cree».
Los maestros y el camino recorrido
Cepi trabajó 17 años con Fleming, y recuerda una época donde «hacíamos un mueble cada tres meses y se vivía muy bien. Hoy si no hacés un mueble en una semana, perdés plata«. Luego pasó por Alem, donde trabajó seis años con su cuñado, y al regresar a Montecarlo se sumó al taller del «Pelado» Geiser, junto a Rudy Wanderer.
«En el 2001, cuando vino la crisis, Rudy dijo: ‘Yo me quedo en casa, que se quede Cepi’. Y el Pelado se bancó eso conmigo, no había trabajo, nos sentábamos bajo el tacuaral a tomar tereré y vivíamos de lo que entraba por el pádel y el fútbol 5. Para mí, eso fue enorme».
El sueño del taller propio
El salto a la independencia llegó gracias a un préstamo de FOMICRO de la Municipalidad.
«Con eso compré las máquinas y pude abrir mi propio taller. Siempre había soñado con eso, pero tenía miedo. Hoy les digo a los muchachos: si tenés la oportunidad de independizarte, no pienses en el miedo. Todo lo que emprendas anda, pero hay que laburar. La plata no viene sola».
La satisfacción del trabajo bien hecho
Para Cepi, la mayor recompensa es «que el cliente, cuando ve el trabajo terminado, diga ‘así lo quería, gracias’«. Y guarda un recuerdo especial de tres clientes que, al ver el resultado, le pagaron un plus voluntariamente.
«Eso no se olvida. Y hasta hoy esos muebles siguen impecables, sin un retoque».
También destacó la buena relación con los colegas:
«Antes había mucha competencia, de sacarse el cliente. Hoy es diferente, somos colegas, nos ponemos de acuerdo con los precios. Incluso organizábamos una cena para el día del carpintero, aunque este año con los costos está complicado».
Carpintería artesanal vs. industrial
«Hoy no podemos competir con las grandes industrias, que en una hora hacen mil puertas. Pero la carpintería nuestra es artesanía, es personalizada. A veces viene alguien y me dice: ‘hacelo así nomás, que dure dos años’. Yo no, yo lo hago para que dure toda la vida. Después el cliente querrá cambiar o regalarlo a sus hijos, pero el mueble va a estar».
El momento más difícil: una operación a corazón abierto
Pero la conversación dio un giro cuando Cepi comenzó a agradecer.
«Tengo que agradecer un montón. A Dios, al jefe, porque puso su mano sobre los médicos. Me operaron del corazón a pecho abierto. Me sacaron el corazón, lo arreglaron y lo volvieron a poner».
El doctor Moreschi, vecino de Montecarlo, fue clave, y también las enfermeras del Madariaga. «Hay que tener vocación para eso«. Pero lo que más lo emociona es el apoyo de la comunidad.
«Antes de la operación no podía trabajar. Sólo salía dinero. Armamos una pollada, hicimos 150 pollos y faltó. La gente compraba y a veces ni se llevaba el pollo: ‘vendéselo a otro’, decían. Hubo gente que nos regaló dinero sin dejar nombre».
Las instituciones también estuvieron presentes: la iglesia, la Liga de Caballeros, la Liga de Damas, la Iglesia Luterana, las congregaciones del XXI del Alcázar.
«Parientes, amigos, gente que no conocía… La verdad que mucho dinero nos dieron para solventar los gastos».
Y también el apoyo emocional:
«Lucho Aches vino a tocar la guitarra a mi casa, de su propia voluntad. Eso te toca el alma».
Gente que llevaba comida, que ofrecía llevarlo a Posadas a los controles.
«No hay palabras para agradecer. He llorado mucho, pero también aprendí que Montecarlo tiene gente muy buena».
Lo que se siembra, se cosecha
«Hoy estoy en un 93% de capacidad«, dice con una sonrisa. «Empiezo a trabajar una o dos horas por día, sin apuro. Nadie me debe, así que tranquilo«.
A sus colegas carpinteros, en su día, les desea:
«Que hagan lo necesario para pasarla bien. Si hay un reviro, bienvenido; si hay un asado, mejor; si hay un poroto, también está bien. La cuestión es reunirse y pasarla en familia».
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